Quino era un Labrador Retriever. Durante cinco años estuvo preparándose para algo que esperamos que ningún perro tenga que hacer: entrar en una zona devastada para buscar personas atrapadas.
Su historia terminó hace unos días, después de su última misión en Venezuela. Pero antes de despedirnos de Quino queremos detenernos en algo que va mucho más allá de él: el trabajo de los perros de rescate y de las personas que dedican tiempo, formación y recursos para que puedan estar preparados cuando ocurre una catástrofe.
Porque cuando vemos a un perro caminando entre los escombros, concentrado mientras su guía espera una señal, solo vemos unos minutos de una historia que empezó mucho antes.



Quino: mucho más que un perro rescatista
Quino fue recogido de la calle por Pancho Gerber, bombero de la ONG valenciana Intervención, Ayuda y Emergencias (IAE), cuando apenas tenía tres meses. Desde cachorro comenzó su preparación como perro de rescate.
Su especialidad era localizar el olor de una persona con vida y diferenciarlo del de personas fallecidas y animales, avisando mediante el ladrido cuando encontraba un indicio. A lo largo de su vida participó en diferentes operaciones, entre ellas las de Turquía, Marruecos, Brasil, la Comunidad Valenciana y, finalmente, Venezuela.
En junio de 2026 viajó hasta La Guaira, en Venezuela, tras los terremotos que habían provocado derrumbes en la zona. Quino trabajó durante aproximadamente una semana junto a su guía y a otros perros de IAE en la búsqueda de supervivientes.
A su regreso a España comenzaron los problemas de salud. Poco después aparecieron hemorragias nasales y comenzó un largo proceso veterinario para intentar averiguar qué estaba ocurriendo. Recibió tratamientos y transfusiones y, posteriormente, fue diagnosticado de leishmaniosis, aunque los especialistas no pudieron atribuir a esta enfermedad todo el cuadro clínico. Finalmente sufrió un fallo multiorgánico y un daño renal irreversible.
Quino murió en septiembre de 2026. Tenía cinco años. Pero su historia nos hace mirar más allá.
¿Qué hace realmente un perro de rescate?
Un perro de búsqueda y rescate no se limita a tener un buen olfato.
Los perros especializados en búsqueda de personas vivas entre escombros están entrenados para trabajar en entornos complejos y localizar partículas de olor humano que pueden desplazarse a través de huecos y corrientes de aire. Cuando detectan un posible objetivo, realizan una señal previamente entrenada para comunicárselo a su guía.
También existen perros especializados en búsquedas en grandes áreas o en seguir el olor concreto de una persona desaparecida a partir de una muestra de referencia.
Y siempre hay algo fundamental: el perro no trabaja solo.
Existe un binomio formado por perro y guía. El guía tiene que conocer profundamente a su compañero, interpretar sus señales, saber cuándo confiar en una indicación y cuándo continuar una búsqueda. Ambos tienen que entrenar juntos de forma constante.
En IAE explican que sus binomios entrenan durante años para poder intervenir en escombros, grandes áreas y desapariciones.
Años de preparación para estar preparados en horas
Cuando ocurre un terremoto, un derrumbe o una emergencia de grandes dimensiones, la respuesta tiene que ser rápida. Pero esa rapidez solo es posible porque existe una preparación previa.
La UME, por ejemplo, cuenta con equipos USAR —de búsqueda y rescate urbano— que combinan especialistas en búsqueda, rescate, logística, sanidad, mando y coordinación con perros especialmente entrenados y diferentes medios técnicos, como cámaras de rescate, geófonos, sensores y drones.
En junio de 2026, tras los terremotos de Venezuela, la UME desplegó 59 efectivos, dos ingenieros del Ejército de Tierra y ocho unidades caninas. El equipo estaba preparado para realizar operaciones de búsqueda y rescate las 24 horas durante siete días y contaba con su propia logística para trabajar de forma autosuficiente.
No es difícil imaginar lo que significa mantener una capacidad así: personas formadas, perros entrenados, material, vehículos, alimentación, instalaciones, coordinación y muchas horas de preparación antes de que llegue la llamada.
En Marruecos, después del terremoto de 2023, la UME desplazó 56 efectivos y cuatro perros dentro de su dispositivo de búsqueda y rescate. Sus equipos USAR estaban preparados para localizar supervivientes mediante unidades caninas y medios técnicos. Y no hablamos únicamente de grandes dispositivos militares.
Personas que trabajan cuando nadie está mirando
Existen organizaciones civiles y asociaciones que también trabajan en este ámbito. IAE, la organización a la que pertenecía Quino, nació como una organización de voluntariado y ha desarrollado equipos multidisciplinares en los que participan guías caninos, rescatadores, sanitarios y personal de apoyo logístico. Su trabajo incluye emergencias, búsqueda de personas desaparecidas, rescate y ayuda humanitaria.
La propia organización explica que necesita socios, voluntarios y donaciones para poder mantener su actividad, cuidar a sus perros, conservar el material y continuar formando a sus voluntarios.
Y no es un caso aislado.
USAR13, una asociación humanitaria privada y sin ánimo de lucro dedicada a la búsqueda y rescate, explica que las aportaciones de sus socios son fundamentales para financiar su proyecto y mantener un centro de entrenamiento de estructuras colapsadas donde puedan prepararse tanto las personas como los perros.
GERCCMA también hace explícita esta necesidad: solicita aportaciones para cubrir gastos de desplazamiento, alojamiento y alimentación durante determinadas formaciones y señala que sus instructores y colaboradores no reciben remuneración por esas actividades. La organización explica además que necesita recursos económicos para movilizar, homologar y continuar formando su unidad canina de rescate.
Mantener preparada una unidad de rescate requiere recursos.
Cuando el rescate también necesita ayuda
Quizá esta sea una de las partes menos visibles de estas historias.
Estamos acostumbrados a ver la imagen del perro entre los escombros. Mucho menos visible es todo lo que hay detrás: el entrenamiento, las instalaciones, el cuidado del animal, el material, los desplazamientos, la logística y las personas que dedican su tiempo a estar preparadas para una emergencia que quizá nunca llegue.
Y precisamente por eso, cuando un perro como Quino enferma después de una misión, la historia no termina en el momento en que vuelve a casa.
En su caso, las facturas veterinarias fueron cubiertas gracias a las aportaciones de veterinarios y particulares que quisieron ayudarle durante su enfermedad.
En DogX también quisimos aportar nuestro pequeño granito de arena y en su momento, realizamos una donación para ayudar con sus gastos veterinarios.
No pudimos cambiar el final de su historia, pero sí creemos que ayudar es también una forma de reconocer el trabajo que hay detrás.

Una historia que deja huella
Quino murió demasiado pronto. Pero su historia nos recuerda algo importante: los perros de rescate no aparecen cuando ocurre una catástrofe. Llevan años preparándose para ese momento.
Y detrás de cada uno de ellos hay una persona que entrena, cuida, aprende y trabaja a su lado. Hay equipos que coordinan, organizaciones que buscan recursos, profesionales que colaboran y personas que aportan su tiempo o su dinero para que todo pueda funcionar.
Cuando hablamos de bienestar animal, también hablamos de ellos. De los perros que trabajan junto a las personas para encontrar a quienes necesitan ayuda. De quienes los entrenan y cuidan. Y de todas las personas que hacen posible que, cuando llegue el momento, puedan estar allí.
Quino nos deja una huella. Y quizá la mejor manera de honrarla sea mirar un poco más allá de su historia y recordar a todos los perros y personas que siguen preparándose para estar cuando más los necesitamos.
En DogX creemos en las experiencias que dejan huella. Y también en las huellas positivas que podemos dejar nosotros.
